El acoso y la partida hacia Nevers
Las apariciones cesan y el infierno comienza: día y noche, peregrinos, periodistas y enfermos desesperados asedian el Cachot para ver a Bernadette, para tocarla. Sus padres, prisioneros de su miseria y de la celebridad de su hija, no pueden protegerla. A los 16 años se refugia en el hospicio de Lourdes, atendido por las hermanas de Nevers, donde siguen acosándola. Monseñor Laurence alquila el Moulin Lacadé a la familia en febrero de 1865 y le cede la propiedad en 1867: el fin de diez años de humillación.
En julio de 1866, Bernadette parte hacia Nevers, para siempre. Antes de tomar el tren, baja a la cocina a abrazar a Louise —moribunda, incapaz de subir al piso de arriba— y se derrumba en sus brazos: no la volverá a ver jamás. François y los hermanos que pueden caminar la acompañan a la estación; al volver, él se sienta al borde de la cama y llora.
Lo que guardamos desde hace seis generaciones
Los libros cuentan las 18 apariciones como una hermosa historia piadosa; nosotros guardamos la otra vertiente: el padre jornalero que se desloma mientras su hija ve a la Virgen, la madre que abofetea por miedo, el comisario que amenaza, la multitud que arranca trozos de ropa. Bernadette vio a la Virgen dieciocho veces; sus padres atravesaron seis meses de infierno.
Nuestra familia lleva esa doble memoria, la gracia y el sufrimiento. Jean-Marie, el hermano de Bernadette, lo guardó todo —objetos, recuerdos, historias— y nos lo transmitió todo: somos la sexta generación y guardamos la historia completa desde hace 159 años.